Quizá, tal vez, en otra vida.

Tal vez, si hubiera sido un poco más feliz, no lo habría hecho. No mucho, solo un poco, tantita de esa felicidad que te hace sonreír en un metro lleno de gente. O de esa otra felicidad que te hace fijarte, casi sin querer, en la forma en la que el viento esparce el polen cuando es primavera y esbozar una mueca, sencilla, nada ostentosa, que asemeja a una, o media sonrisa. Le habría gustado tener la sencillez con la que algunos se tiran al pasto a ver las nubes, o de quienes de noche se detienen, en medio del frío, a ver las estrellas. Solo de vez en cuando veía la luna. Le gustaba en cuarto menguante, cuando era delgada, casi imperceptible en el cielo pero aún ahí, delgada como quería ser.
Quizá, si sus padres la hubieran abrazado más, si su padre no hubiera sido tan estricto, si en su vieja casa hubieran puesto un árbol de navidad. Tal vez, quizá, si acaso, tantas cosas, tantas probabilidades, pero las cosas pasaron sin que nadie hoy pueda hacer nada.
Una noche de esas, en las que casi no puedes ver la luna, dejo su apartamento, lo cerro con llave por costumbre, no porque le importara el hurto. Consideraba los taxis como un lujo pero dadas las circunstancias poco le importaba el costo. El taxi se detuvo en un hotel que aparentaba ser más costoso de lo que era. En la recepción dio un nombre falso, un nombre demasiado común con un apellido tanto más ordinario, los maleteros se extrañaron de que solo llevará un gran bolso, nada de equipaje. En su bolso pastillas, calmantes, mortíferos en grandes cantidades. Pidió una fastuosa cena, al menos tanto como el restaurante del hotel lo permitía, y bebió con el vino las pastillas.
Su vida se esfumo, más dolorosamente de lo que hubiera querido. El personal del hotel se dio cuenta a la mañana siguiente, había elegido un hotel en vez de hacerlo en su piso porque sabía que en su piso podrían pasar semanas antes de que alguien lo notara. Cuando llego el paramédico ya no había nada que hacer, más que cerrarle los ojos que aún se encontraban abiertos viendo a los mosaicos del techo.
Quizá en el último momento intento ver nubes en el techo, tal vez imagino la brisa, la playa, la sensación de arena en sus pies. Quizá, tal vez, en otra vida, en otra era, en otro mundo, tenga tantita de esa felicidad que le hizo falta en esta vida.

– Romina Colli.

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