Porque nos encantan las películas románticas.

No solo las películas, también los libros, las escenas románticas de las series y hasta los detalles románticos y cursis de nuestros amigos para sus novias, o viceversa.

Es una afición, últimamente, solo veo películas románticas y cursis. No debo  ser la única, cada año las compañías cinematográficas traen para nosotros varias nuevas películas románticas, seguro producirían menos si no atrajeran a tanto público. Basta decir que las dos pelis más taquilleras en la historia del cine son Avatar y Titanic, que además de haber sido grabadas por James Cameron,  tienen en común su romanticismo, si bien es cierto que Avatar también tiene un poco de acción, Titanic es la película que define romanticismo, junto a algunas otras como Ghost, El guardaespaldas y el gran clásico, Lo que el viento se llevo. Claro, hay muchísimas más,  pondré una pequeña lista después, por si quieren, pero será breve, que hay muchas, muchas, muchas.  Con finales felices, otras con finales tristes, finales inesperados… Hay películas que te hacen suspirar de principio a fin, y aquellas otras que te tienen mordiéndote las uñas toda la película.

Pero el punto no es exactamente ese, sino ¿qué tienen estas películas que atraen a tanto público? Además de actores y actrices guapos, claro. La mayoría de ellas lo que tienen es  un guión que nos gustaría vivir, bueno, no exactamente así, por muy romántico que sea, no me gustaría estar en un barco mientras se hunde, pero vaya que me gustaría conocer a alguien como Jack, más haya de que me encante Leonardo DiCaprio. Esta bien, seré todo lo específica que pueda, lo que tienen esas películas es amor. ¿Pero que digo? ¡Por supuesto que tienen amor! ¿qué no esta implícito? Pues claro, tienen amor, y a todos nos gustaría vivir un amor así, conocer a alguien así.

A la mayoría de nosotros, con nuestras vidas rutinarias y deberes diarios nos encantaría conocer a alguien así, que nos saque de la rutina y nos haga vivir experiencias inolvidables. Y si, hemos tenido los ex novios que hemos tenido, o ex novias,  hemos vivido con ellos las experiencias que hayan sido, ¡y pueden haber sido experiencias muy buenas! Hay quienes dejan su vida entera para mudarse con la persona que aman, hay quienes viajan al otro lado del mundo para verla, hay quienes esperan por esa persona meses hasta que vuelve. Son cosas que pasan en la vida real, pero no es tan frecuente, privilegiados aquellos que hayan tenido la suerte de vivir algo así de extraordinario. Para la mayoría de nosotros, simples mortales, lo más cerca que podemos estar de que nos pase algo así, son las películas.

Las películas además, tienen el factor implícito de la ficción. Ficción sutil, tan sutil, que no la notas. Piensen en ello, no se trata solo de un chico que se enamora de una chica, además, para que atraiga la atención del público, tiene que tratarse de una chica que de la impresión de ordinaria, alguna con la que te puedas identificar, pero como diez veces más guapa. Y el chico, ohh, el chico, debe ser alguien que parezca que nunca andaría con ella, los chicos rudos que se vuelven buenos con la magia del amor pululan en el cine, ya saben, como el chico de Spectacular Now, el que protagoniza Un paseo para recordar, hasta el clásico de Vaselina ¿pero cuantos así conocen en la vida real?

La verdad es que en la vida real ya es suficientemente difícil encontrar pareja como para además esperar solo por un capullo con aires de rudo o uno con facha de galán, y pretender que cambie por ti, si lo logran, pasen el secreto, pero lo común es que el capullo acabe siendo todo un gilipollas. Porque en mi experiencia, los gilipollas no cambian, pero quizá sea solo que he tenido mala suerte, por eso en vez de seguir buscando un capullo de peli, he empezado a buscar a alguien tan ordinario como yo, que me quiera como en las peliculas.

– Romina Colli.

Carta con destinatario en blanco.

No estas. O mejor sería decir que no estoy, al fin y al cabo soy yo la que se ha ido. Lejos de ti, muy lejos, como a un océano de distancia, miles de kilómetros y aún más recuerdos. Ni yo hubiese creído todo lo que te extraño. Si, hasta pensé en olvidar tu nombre, como si no fuera ya tan parte del mio. Trate de olvidar tu rostro, pero siempre me veía desde el espejo.

Verás, lo que ocurre es que mi piel esta llena de cicatrices que llevan tu nombre, es que los recuerdos tuyos me hacen llorar, es que no puedo ni imaginarme sentarme a tu mesa sin pelear. Es que rebatías mi andar, mis pasos torcidos, mi pelo revuelto, mis sumas, mis restas y hasta mis muletillas.

Te falto decirme que no era tan mala, aunque nunca era tan buena para ti. Te falto abrazarme más seguido, almorzar conmigo y estar por las noches para ahuyentar a mis monstruos. Monstruos que en tu ausencia crecieron hasta convertirme en esto que soy ahora.

– Romina Colli

Recuerdos viejos guardados en el ático.

Cada día me doy cuenta que soy más como tu, más de lo que me gustaría, más de lo que hubiera pensado. Sí, yo recuerdo como me protegías, que estabas ahí tras cada caída, que estabas conmigo en cada error y en cada acierto. Yo recuerdo cuando eras mi mundo entero, no había nadie más grande, nadie más sabio, nadie mejor.
Cómo la vez que, al llevarme sobre los hombros, intente alcanzar una mariposa y casi caigo, casi, pero caíste tu. Cómo cuando crecí no me dejabas salir sola para que no me hiciera daño, es que conocías mi torpeza mejor que yo, y cuando salí sin permiso acabe con un diente roto.
También recuerdo cada vez que te decepcione, que te contesté algún improperio y cada vez que te falle. Aquella vez que me avergoncé de ti, porque era muy mayor para que fueras por mi al salir del cine. O cuando no te invite a la obra de teatro para la que me ayudaste a encontrar un disfraz.
Recuerdo incluso aquella única vez que te vi llorar, y di la vuelta. Y recuerdo el día que vi tus cosas en una bolsa, fuera de la casa y entendí que te ibas.

– Romina Colli.

Cartas al aire. Carta No. 4

Pensar, en todo lo que yo pienso, es malo. Porque no es básicamente nada, es el mismo instante. Una y otra y otra vez, infinidad de veces. Pero no puedo recordarlo bien. Es tu coche ¿o era el mio?, tu al volante ¿o era yo? Cambiar de lugar, al asiento trasero del coche, beber un par de cervezas y salir de ahí porque había calor. Es The Doors en la radio del coche, la sombra de una palmera, tu cabello largo y quemado, que daba la impresión de ser rubio, pero yo, que lo conocía de raiz a punta sabía que era castaño. Es, no ya no es, era, mi mano en tu espalda, tu fina nariz, era abrazarte y creer que todo estaba bien. Era una ilusión. Tendría que haber estado ciego. Debí haberlo visto, pero no lo ví. Quizá si lo vi, pero no quería verlo, así que lo ignore. Es que siempre estuvo ahí, siempre estuvo, y yo, ¡soy idiota!. No lo ví o elegí no verlo. De haberlo sabido…

– Romina Colli.

Cartas al aire. Carta No. 3

Hoy todo sabe a ti, y ese olvido tan deferente, falto de raciocinio, que se rehusa a hacerse presente cuando más requiero de él. Necesito alcohol para olvidarte. Necesito alcohol para no olvidarte. Es que no lo decido. Necesito dejar de pensar en ti. Pero daría cualquier cosa por recordar aquel momento exacto, en que tomaste mi mano y me plantaste un beso. Lo daría todo por regresar el tiempo. Por estar ahí otra vez. Sería todo tan diferente, lo prometo. Pero no puedo. Y no deseo que vuelvas. De verdad, ya se que ni lo intentarías, ya se que ambos somos demasiado orgullosos para eso. Lo se, lo se, y lo se de sobra. No hace falta repetirlo. Veras, yo tampoco quiero que vuelvas, no es un buen momento. Sabras que nunca necesite de tu voz para arrullarme, ni de tus brazos para protegerme, pero quizá ni imaginas que cada noche soñé contigo y eras todo, todo, lo que yo quería. No creo que haga falta decir lo que te extrañe, pero sí que lo hice. No creo necesitar decirte lo que te quisé, pero vaya ¡cuanto te quisé! Pero jamás me atreví a decirlo en voz alta.

– Romina Colli.

Cartas al aire. Carta No. 2

No te enojes, pero cuando ellos no vienen yo no voy a comer, hay hábitos que no puedo quitarme. Quizás algún día lejano me encuentre comiendo sin compañía, ajena a esa terrible culpabilidad que acompaña cada bocado y que me recuerda que estoy sola. Pero ese día no es hoy y hoy no he comido. Es que no me apetecía. Te diría que no tenía mucha hambre, pero esa es la mentira más gastada que he dicho, tanto que no termino de decirla antes de que me contestes algo parecido a “¿Cómo carajos no tienes hambre? ¡Si son las cuatro de la tarde!”. Es tu respuesta automática. Es que cuando estabas, comer era pasar el tiempo contigo y hablar de las cosas. Es por esta distancia tan grande que nos separa, que te impide venir a comer un bocata conmigo. Es porque para ti ni siquiera es comida, es desayuno.
Más allá de eso, es porque comer para mi era estar sola, y yo detesto estar sola. Y sé, vaya que lo sé, que comer es un acto social, no es solo alimento, es platicar, convivir, pasar tiempo juntos. Pero yo siempre comí sola. Hasta que me harte. Pero esa historia ya te la sabes, lo que quiero decirte y simplemente no logro poner en palabras es que te extraño, que la vida no es igual sin tí, eres mi razón para seguir adelante, mi fuerza y mi vida. Porque si estas no me hace falta nada, y si te vas pierdo el apetito.

No es una queja, es una declaración.

Soy de las que cuando viaja como comida rápida, se hospeda en hostales de baja monta y va a pie hacía todas partes aunque implique acabar con los pies destrozados. Yo viajo con la mochila a cuestas. Pero lo importante para mi es esto: yo viajo. Como en locales de comida rápida o de algún puesto del mercado de la ciudad porque no tengo dinero para un restaurante que por barato que sea nunca sale tan barato, me hospedo en hostales por gastar lo menos y ando con mochila por no pagar equipaje en los vuelos. Lo siento mundo, no tengo mucho dinero. Me encuentro entre la basta muchedumbre que no es pobre-pobre pero tampoco alcanza a ser rica. Soy de los que vive con modestia, ahorrando para ir de viaje, no frecuento restaurantes, solo salgo a lugares baratos, y voy con presupuesto reducido.
Porque no necesitas de mucho para poder vivir a gusto pero si me pides que te recomiendo un lugar para cenar en Madrid no podría. Te diría que una cena en casa puede ser de lo más romántica si es con la persona adecuada, pero jamás podría decirte un restaurante. Así que puedo decirles que pasear por el rastro un domingo es de lo más entretenido, que retiro en primavera es lindo, que puedo entrar a las tiendas Natura y enamorarme de todo lo que veo ahí. Pero casi nunca compro nada. Es que no tengo dinero para eso.
No importa. Veo a tanta gente en la calle, desempleados buscando trabajo, vagabundos pidiendo dinero, que al final me veo a mi misma y todo lo que dije antes no me importa. Porque estoy viva, estoy saludable, descontando mis achaques de siempre, porque aunque no pueda comer en restaurantes seguido ni ir de antro cada fin de semana, porque eso arruinaría mi bastante endeble economía, yo estoy bien. Eso es lo que importa. No puedo vivir la vida de otros, no debo compararme con ellos pues al hacerlo siempre encontraras a personas mejor que tu y a aquellos que estan peor que tu. Así que debes dejar de compararte y dar las gracias por lo que tienes, más importante aún, por quien eres. Pues cada carencía y cada copiosidad, por muchas o pocas que sean te fueron puliendo el alma, y aunque fueran más carencias pueden llegar a servir para cimentar la vida que quieres llegar a tener.

– Romina Colli.

El desvanecimiento y los fantasmas.

¿Cómo nacen los fantasmas? Se pregunta mientras desea un cigarrillo para tener excusa de escapar aunque sea un rato de aquella fiesta. Siempre pensó que fumar te daba la excusa perfecta para evadir, por unos minutos al menos, el tedio de las platicas sin sentido que no le interesan ni un poco. En cambio, entre un grupo de gente animada, da un sorbo a un vaso de tinto de verano y mordisquea alguna tapa, fingiendo atender la platica mientras su mente gira en torno a los fantasmas. Ignora que el mismo se esta convirtiendo en uno.
Lentamente, poco a poco, pero sin detenerse. Ha empezado ya el proceso de desvanecerse. Ahí mismo, entre los cockteles, la gente debiera detenerse y mirar. Pero nunca lo hacen, todos están absortos en sus asuntos. Él, obtuvo platicas triviales, entre personas que no le importan, en una fiesta a la que no quería ir y su desvanecimiento por querer alcanzar lo que de otra forma no podía tener.
Se canso de querer ser quien no era y se propuso serlo. Dio lo que quería por lo que pensó que lo haría feliz, pero no hay felicidad en no ser tu mismo, hay desvanecimiento. Uno deja de ser persona cuando ignora todo aquello que lo hace ser tal, entonces nacen los fantasmas, en lo profundo de tu alma, crecen hasta sobrepasarte, se adueñan de tu alma, se convierten en ti.
Pero ¿cómo se salva uno de ser fantasma? Verán que es curioso, porque una vez iniciado el proceso no puedes revertirlo, solo tratar de detenerlo. Los futuros fantasmas saben que se están desvaneciendo, pero no lo comprenden. Sienten que hay algo mal en sus vidas, pero no piensan en ello. Imaginaran que es más fácil no hacer caso, creyendo estar donde querían estar y alcanzar lo que se proponían alcanzar, creen que les falta poco, que casi llegan a sus metas, y siguen hacía ahí, empujando a otros, quitandolos del paso, usando la escalera ajena para llegar a una meta propia ¿has dicho por favor al pedirla? Es que ni siquiera la has pedido, la has tomado porque la necesitabas ¿que hay de lo que necesitan los demás?
Si pensaran en ello se darían cuenta, si se dieran cuenta podrían detenerlo. Cuesta trabajo pensar si estas ofuscado en metas. Metas que se logran también siguiendo las reglas, que no hay que pisar a los de abajo para poder subir, ni hay que robar a quien no tiene para tener más, que hay caminos más correctos aunque a veces más tediosos y los fantasmas no nacen en esos caminos.

– Romina Colli.