Cartas al aire. Carta No. 2

No te enojes, pero cuando ellos no vienen yo no voy a comer, hay hábitos que no puedo quitarme. Quizás algún día lejano me encuentre comiendo sin compañía, ajena a esa terrible culpabilidad que acompaña cada bocado y que me recuerda que estoy sola. Pero ese día no es hoy y hoy no he comido. Es que no me apetecía. Te diría que no tenía mucha hambre, pero esa es la mentira más gastada que he dicho, tanto que no termino de decirla antes de que me contestes algo parecido a “¿Cómo carajos no tienes hambre? ¡Si son las cuatro de la tarde!”. Es tu respuesta automática. Es que cuando estabas, comer era pasar el tiempo contigo y hablar de las cosas. Es por esta distancia tan grande que nos separa, que te impide venir a comer un bocata conmigo. Es porque para ti ni siquiera es comida, es desayuno.
Más allá de eso, es porque comer para mi era estar sola, y yo detesto estar sola. Y sé, vaya que lo sé, que comer es un acto social, no es solo alimento, es platicar, convivir, pasar tiempo juntos. Pero yo siempre comí sola. Hasta que me harte. Pero esa historia ya te la sabes, lo que quiero decirte y simplemente no logro poner en palabras es que te extraño, que la vida no es igual sin tí, eres mi razón para seguir adelante, mi fuerza y mi vida. Porque si estas no me hace falta nada, y si te vas pierdo el apetito.

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