La busque.

La quise, desde el primer día la quise. El destino me había concedido la gracia de ponerla en mi camino, de hacerla para mi, me dio el placer de tenerla y la, un poco ardua, tarea de cuidarla.

La conocí una tarde de abril, seguro era abril por las jacarandas, me miro con unos ojos que dicen más de mil palabras, y jure ante Dios que jamás dejaría que le pasara nada.

Yo sabía desde el primer día que de sus defectos, así la quería, con cada uno de ellos, con todas sus manías, sus caprichos, su ansiedad, con su nerviosismo constante, y ese extraño habito de volverse muda si le hablaba un extraño.

Evitaba las avenidas por el ruido del tráfico, con el menor estres dejaba de comer y había ocasiones en que sin razón alguna pasaba la noche entera llorando.

De vez en cuando la notaba más delgada, podía sentir sus costillas, incluso su columna, me alarmaba pero no le decía nada. Decía que soñaba en ser como el aire. Y así fue, un buen día ya no estaba.

La busque, por todas partes, la busque, hasta perder la noción del tiempo y pelarme los pies caminando, y recorrer la ciudad en su búsqueda, y decirle al olvido que venga, y pedirle al destino su ayuda.

Y jure que moriría, que moriría al amanecer si no la hallaba, y moría, si, a cada segundo con su ausencia, su desaparición infinita, con su rostro en las caras de todas las mujeres que no serían nunca ella.

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