Paginas cubiertas de nieve. Parte 1.

libro,

No había nada en el mundo que me hiciera sentir tan libre como el estar entre sus brazos, aunque jamás estuviera más atrapada que al estar en ellos. Con uno solo de sus gestos me perdía en el limbo entre sus mentiras y la realidad.

Mi piel se encontraba helada por el clima que siempre era invierno, él estaba tendido en la cama, demasiado pequeña como para permitirle acostarse sin que sus pies quedaran en el aire. Yo lo contemplaba mientras deseaba que el agua pudiera hervir más de prisa para poder hacerme un té y volver a la cama. Trataba en vano de no pensar en su partida, de no recordar que está sería, quizá, nuestra última noche juntos.

Empecé a extrañarlo desde el día que me anuncio que se iba, desee retenerlo con todas mis fuerzas,  hasta que me di cuenta que no era justo, si fuera él, también me iría. Tomará el transbordador por la mañana, no hay nada que pueda hacer más que sonreír y desearle lo mejor, no sé si imaginen el esfuerzo de fingir esta mueca evitando las lágrimas.

Lo conocí hace casi dos años, aunque lleva mucho más tiempo trabajando para DermoSinc, era uno de los encargados del laboratorio, y yo, que hacía prácticas en esa empresa, tenía que visitar el laboratorio frecuentemente. Sucedió durante las tardes de espera en el laboratorio, entre pláticas furtivas y horas de charla en el chat, de esos romances como tantos otros que empiezan casi sin querer y luego, ya después de acostumbrarnos, nos detenemos en busca de definiciones que expliquen lo que somos.

Lo recuerdo diciendo que no tenía tiempo, que tenía prioridades, que su trabajo, sus jefes, su familia, y sin el menor esfuerzo revivo la sensación de sus besos en mi frente, sus abrazos o sus suaves manos. Así había empezado todo, sin promesas imposibles, sin ataduras, sin las palabras susurradas por los amantes comunes, solo un juego, solo sus manos y las mías, solo por un momento.

El nunca prometió nada y yo me esforzaba por encontrar entre sus palabras una pequeña esperanza. Hace un mes tuvimos esta discusión, algo de notar ya que nosotros no solíamos discutir, tenemos muy poco tiempo para estar juntos como para desperdiciarlo riñendo el uno al otro, pero fue inevitable, dije algunas de aquellas cosas que me había estado guardando para no discutir. Él había hecho una pregunta muy compleja, no encontré manera fácil de contestarle.

– ¿Me quieres?

– Ya te lo he dicho, – respondo de la forma más desinteresada que logro aparentar – te quiero.

– ¿Por qué al decirlo pones esa cara?

– ¿Cuál cara? – reclamo.

– Esa cara que traes justo ahora.

– ¿Qué quieres Dan? ¿Qué lo repita a cada minuto? ¡Te quiero!, – después de medio suspiro sigo con un hilo de voz, apenas audible – incluso podría amarte, pero no importaría, te vas en cuatro semanas. No hay nada que hacer al respecto.

– ¿Qué? ¿Me amas? – pregunta incorporándose, apoyando su peso en el codo izquierdo.

– Da igual. – Y al decirlo giro la cabeza para no permitir a sus ojos escudriñar mi mente.

– ¡No da igual!

– ¿Qué harás? ¿Te quedaras si me escuchas decirlo? ¡Te amo! ¿Son las palabras mágicas que evitaran que te apartes de mí? ¿No verdad? Así que ¿qué importa? – No puedo evitar gritarle mientras clava sus pupilas en las mías.

– No pensé que te importará tanto. – Hay algo en su voz que no logro identificar, como si le pesará de verdad, por primera vez.

Tenía esta idea ridícula, de que si no lo decía no sería real, que tal vez podría no quererte tanto, tal vez así no me dolería tu partida. Mira a que grado puede llegar mi idiotez.

Se hace un silencio más frío que la nieve, ahogo en el mil palabras, mil replicas, mil ruegos, quiero decirle que no sé qué haré sin él, que me faltara tanto todo aquello que una video llamada no puede darme,  que me faltarán sus abrazos en el frío, su olor, sus caricias, sus manos sujetándome con fuerza con la promesa de no dejarme caer.

Sin poder aguantar el silencio, salí del cuarto, no había más que decir, ambos lo sabíamos, me iría de ser él y esa era la razón por la cual no podía culparlo. Tenía un plan, algo así como un plan, pensaba en abrazarlo hasta que me amara tanto que no pudiera apartarse de mi, pensaba abrazarlo y mirarlo, como cada tarde al despedirnos cuando mi mirada lo retaba a quedarse, cuando alzando una ceja le decía “así que ¿ya te ibas?”, el me sujetaba con más fuerza apretándome contra si hasta fundirnos, era en ese instante que el mundo dejaba de importar y el tiempo se detenía.

Las cosas se complicaron, podría culpar al tiempo, podría decir que era algo natural que algo con tan mal comienzo tuviera un final abrupto, no sería del todo falso, pero lo que paso fue Steff, y no, no es alguien con quien me haya engañado.

Parte 2.

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