Paginas cubiertas de nieve. Parte 4.

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Parte 1.

Parte 2. 

Parte 3.

Hablo con un tono tan bajito que apenas podía oírla.

– Por favor no he hecho nada malo, de verdad no me hagas nada.

Debía tener alguna mueca de horror, pues me costó componer mi expresión y recobrar mi voz para contestarle

– ¿Quién eres?

– Por favor no pretendía hacer nada malo. – Chilló  con un tono de súplica y un rostro atemorizado.

– ¿Cuál es tu nombre?

– ¿Mi nombre?

– Si, como te dicen.

–  573F.

– ¿Qué?

– Es el nombre con que todos me llaman aquí.

– ¿Todos? ¿Quiénes son todos? – Siento mi cara convertirse de nuevo en una mueca de horror ¿Había más? ¿Los jefes sabían?

– Los doctores… y los demás como yo…

– ¿Los doc… demás como tú? – Había una teoría en mi cabeza, aleteando para salir a la superficie de mi mente, pero me rehusé a considerarla hundiéndola al fondo de mis pensamientos

– Si – Dijo esto último poniéndose de pie, un impulso me hizo sujetarla del brazo para evitar que se escabullera, pero recordé que se decía que los mal adaptados como ella son demasiado frágiles y la solté en seguida, pero mi gesto logro impedir su huida.

– Perdóname, no te delatare, solo quiero saber más.

– No se demasiado – hizo una mueca como al recordar algo – debo regresar, o se darán cuenta de que me he escapado.

– ¿Quiénes? ¿Los doctores?

–  Los enfermeros también, y mis compañeros.

– Solo quiero saber más de ti – Dije ligeramente aturdida por toda la situación ¿era verdad o me estaba volviendo loca? – ¿puedo verte después?

– Quizá, pueda escabullirme mañana, si traes algo de comida contigo…

Era eso, ella buscaba comida, por eso se habría escapado, accedí a su petición, me pudo haber pedido lingotes de oro, aunque no los tuviera le hubiera dicho que si con tal de saber más de ella, como les dije, mi curiosidad era de esas insaciables. Nos veríamos al día siguiente en el mismo pasillo, solo debía recordar bien cual era, dentro de un complejo estructural donde todo luce igual resultaba un poco difícil, siempre creí que el edificio de la compañía parecía hecho adrede como un laberinto, ahora pensaba que quizá era para que sus custodios no escaparan. Aquella noche fue la primera de las noches horribles que pasaba sin poder conciliar el sueño.

Al día siguiente fui a verla, en el mismo pasillo, un poco más temprano, el primero de tantos encuentros cortos en los que intercambiaba comida por su historia. Así, tras varias visitas, pude hacerme una idea de la vida que llevaba.

No había nacido en los laboratorios, sino en una pequeña provincia al suroeste, sus padres la habían vendido pues no tenían suficiente dinero para mantenerla ni medio alguno para darle todas las atenciones que necesitaba, los medicamentos, los cuidados. Solo había estado con sus padres sus primeros meses de vida, no sabía mucho de ellos, se había enterado, por una de sus compañeras más vieja, que cuando llego a los laboratorios estaba casi muerta, no le dieron más que un par de meses de vida, sin embargo los del laboratorio lograron curarla.

Vivía en una especie de unidad habitacional, con pequeñas habitaciones para cada paciente. Todo en la unidad habitacional estaba recubierto de un material suave, para evitar laceraciones en la frágil piel de los recluidos, tenían un espacio de esparcimiento en el que personal del laboratorio les asignaba distintas tareas, dibujaban, veían películas, a algunos incluso les enseñaban a leer; también había un comedor en el cual aparentemente no les servían suficiente comida, la comida también era usada como medio de castigo o recompensa, si seguían las reglas tenían más comida, si no las seguían, no tenían comida.

Habitaciones era la palabra que el personal del laboratorio usaba para llamar a las celdas en las cuales vivían recluidos, contaban con una cama, un armario, una cajonera y una mesita, solo tenía tres paredes, la cuarta era una puerta de vidrio que se opacaba con un interruptor y solo se abría desde fuera, por el personal de DermoSinc, su supuesto nombre, 573F, era también su número de habitación.

El nombre surgió en uno de nuestros encuentros, cuando me había cansado de llamarle 573F, como a una prueba más de las que hacía en DermoSinc, le di una larga lista de nombres, de los cuales eligió Steff. Era de las pocas personas ahí recluidas, como ratas de laboratorio, que sabía leer, la elección del nombre, supuse yo, estaba asociada a la semejanza de las letras a los números, el 5 a la S, el 7 a la T, el 3 a la E.

Nunca podíamos platicar por demasiado tiempo, quince o veinte minutos a lo mucho por miedo a que alguien nos viera, no tenía idea de que nos harían si nos veían, pero estaba segura que no sería nada bueno.

Parte 5.

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