La canción.

Mientras caminaba hacía su casa su mente repetía la canción que había escuchado en la radio del camión, le parecía que la canción la transportaba al pasado, y no era porque fuera de esas canciones que escuchaba hace varios años, cuando aún era estudiante.

Era una canción nueva, pero en ella creía reconocer algo, a pesar de nunca antes haberla escuchado, algo en la tonada, o quizá fuera en la letra, algo de esa magia que te regresa al pasado. Mientras caminaba se sorprendía al comprobar que recordaba la letra, aunque solo la había escuchado una vez.

Por la tarde había llovido, sus zapatos negros aplastaban los charcos que aparecían a su paso, ni siquiera se molestaba en esquivarlos, perdida como estaba en la letra de aquella canción no veía su camino.

Cuando sintió el golpe ya era demasiado tarde, cuando vio el camión, yacía en el suelo. Varios se acercaron a ayudarla, dicen que sus últimas palabras fueron “no me voy, regreso“.

El desvanecimiento y los fantasmas.

¿Cómo nacen los fantasmas? Se pregunta mientras desea un cigarrillo para tener excusa de escapar aunque sea un rato de aquella fiesta. Siempre pensó que fumar te daba la excusa perfecta para evadir, por unos minutos al menos, el tedio de las platicas sin sentido que no le interesan ni un poco. En cambio, entre un grupo de gente animada, da un sorbo a un vaso de tinto de verano y mordisquea alguna tapa, fingiendo atender la platica mientras su mente gira en torno a los fantasmas. Ignora que el mismo se esta convirtiendo en uno.
Lentamente, poco a poco, pero sin detenerse. Ha empezado ya el proceso de desvanecerse. Ahí mismo, entre los cockteles, la gente debiera detenerse y mirar. Pero nunca lo hacen, todos están absortos en sus asuntos. Él, obtuvo platicas triviales, entre personas que no le importan, en una fiesta a la que no quería ir y su desvanecimiento por querer alcanzar lo que de otra forma no podía tener.
Se canso de querer ser quien no era y se propuso serlo. Dio lo que quería por lo que pensó que lo haría feliz, pero no hay felicidad en no ser tu mismo, hay desvanecimiento. Uno deja de ser persona cuando ignora todo aquello que lo hace ser tal, entonces nacen los fantasmas, en lo profundo de tu alma, crecen hasta sobrepasarte, se adueñan de tu alma, se convierten en ti.
Pero ¿cómo se salva uno de ser fantasma? Verán que es curioso, porque una vez iniciado el proceso no puedes revertirlo, solo tratar de detenerlo. Los futuros fantasmas saben que se están desvaneciendo, pero no lo comprenden. Sienten que hay algo mal en sus vidas, pero no piensan en ello. Imaginaran que es más fácil no hacer caso, creyendo estar donde querían estar y alcanzar lo que se proponían alcanzar, creen que les falta poco, que casi llegan a sus metas, y siguen hacía ahí, empujando a otros, quitandolos del paso, usando la escalera ajena para llegar a una meta propia ¿has dicho por favor al pedirla? Es que ni siquiera la has pedido, la has tomado porque la necesitabas ¿que hay de lo que necesitan los demás?
Si pensaran en ello se darían cuenta, si se dieran cuenta podrían detenerlo. Cuesta trabajo pensar si estas ofuscado en metas. Metas que se logran también siguiendo las reglas, que no hay que pisar a los de abajo para poder subir, ni hay que robar a quien no tiene para tener más, que hay caminos más correctos aunque a veces más tediosos y los fantasmas no nacen en esos caminos.

– Romina Colli.

 

Desvaneciendome.

Perdona, si no ves mi sombra, es porque se me desvanece la vida. Sigo respirando pero la vida se me va desvaneciendo. Las personas, los recuerdos, uno a uno desfilando hacia un abismo sin fin: el olvido. Se desvanecen los amigos que una vez creí inseparables, se alejan de mi los momentos que alguna vez creí anidados en mi memoria, se muere la fe, se suicida la esperanza y me voy desvaneciendo.
Hoy no tengo ganas de nada otra vez, hoy pretendo desvanecerme en letras. Alguna vez soñé, hubo una época en que creí, pero poco a poco, empecé  a cambiar de creencias. Así hasta estar segura que no tenía escapatoria, que los malos medios eran los únicos medios para alcanzar mis fines, así poco a poco sin darme cuenta empecé a desvanecerme. Empezó gradualmente, es que la frontera es tan tenue. Una pequeña mentira, una trampita, un trabajo copiado, intereses encima de amigos sin nada encima de mis intereses. Nada podía detenerme, cualquier camino era valido. Pero esos caminos me llevaron a este otro, soleado, caliente, aspero, solo. Estoy sediento pero no hay agua, tropiezo y escucho risas, sigo adelante pero no llego a ningún lado. En mi sombra noto que hay manchas de luz, eso es solo porque me desvanezco.
¿El fin valía la pena? Poco importa, el fin es este.

– Romina Colli

El callejón de la daga.

Lo que aprendemos de los cuentos es que nadie nace siendo malo, la vida se te va acomodando, el mundo se va haciendo origami, hasta que un día despiertas en un callejón, te encuentras de frente a un espejo que te muestra un corazón podrido y todo indica que no hay otra salida. Ese día, que parecía haber llegado tan de pronto, no era más que la suma de esos momentos, en los que el mundo te fue pudriendo de a poco, una mentira de tu mejor amigo, un secreto guardado con tanto empeño, una traición furtiva, un engaño de quien nunca creerías, todo con un resultado que a nadie hace más daño que a ti. No hay salvación si se llevan los demonios dentro, no hay escape si intentas huir de ti, y estas solo cayendo al abismo, pero no es la muerte, es un callejón ¿sin salida? Te detienes frente al espejo sin ver más que podredumbre, ves hacía todos lados sin encontrar más que soledad, ¿sigues el callejón? Es que es más fácil. Al final se vislumbra una daga, casi ves escrito los nombres, casi gritas pero te has cubierto la cara, casi huyes pero no sabes a donde. Los nombres escapan de la daga y cubren las paredes, invitándote a seguir por el callejon. Si tu mundo se acomoda, si todo en el pide venganza, ¿qué haces?

–  Romina Colli

Quizá, tal vez, en otra vida.

Tal vez, si hubiera sido un poco más feliz, no lo habría hecho. No mucho, solo un poco, tantita de esa felicidad que te hace sonreír en un metro lleno de gente. O de esa otra felicidad que te hace fijarte, casi sin querer, en la forma en la que el viento esparce el polen cuando es primavera y esbozar una mueca, sencilla, nada ostentosa, que asemeja a una, o media sonrisa. Le habría gustado tener la sencillez con la que algunos se tiran al pasto a ver las nubes, o de quienes de noche se detienen, en medio del frío, a ver las estrellas. Solo de vez en cuando veía la luna. Le gustaba en cuarto menguante, cuando era delgada, casi imperceptible en el cielo pero aún ahí, delgada como quería ser.
Quizá, si sus padres la hubieran abrazado más, si su padre no hubiera sido tan estricto, si en su vieja casa hubieran puesto un árbol de navidad. Tal vez, quizá, si acaso, tantas cosas, tantas probabilidades, pero las cosas pasaron sin que nadie hoy pueda hacer nada.
Una noche de esas, en las que casi no puedes ver la luna, dejo su apartamento, lo cerro con llave por costumbre, no porque le importara el hurto. Consideraba los taxis como un lujo pero dadas las circunstancias poco le importaba el costo. El taxi se detuvo en un hotel que aparentaba ser más costoso de lo que era. En la recepción dio un nombre falso, un nombre demasiado común con un apellido tanto más ordinario, los maleteros se extrañaron de que solo llevará un gran bolso, nada de equipaje. En su bolso pastillas, calmantes, mortíferos en grandes cantidades. Pidió una fastuosa cena, al menos tanto como el restaurante del hotel lo permitía, y bebió con el vino las pastillas.
Su vida se esfumo, más dolorosamente de lo que hubiera querido. El personal del hotel se dio cuenta a la mañana siguiente, había elegido un hotel en vez de hacerlo en su piso porque sabía que en su piso podrían pasar semanas antes de que alguien lo notara. Cuando llego el paramédico ya no había nada que hacer, más que cerrarle los ojos que aún se encontraban abiertos viendo a los mosaicos del techo.
Quizá en el último momento intento ver nubes en el techo, tal vez imagino la brisa, la playa, la sensación de arena en sus pies. Quizá, tal vez, en otra vida, en otra era, en otro mundo, tenga tantita de esa felicidad que le hizo falta en esta vida.

– Romina Colli.

Llamadas perdidas.

El celular vibraba apacible en su bolso, estaba en silencio por lo que ella no podía escucharlo entretenida como estaba comprando telas para su nuevo proyecto, vibro una y otra vez mientras ella caminaba por la tienda en completa ignorancia de lo que pasaba al otro lado del mundo. Pero los dados estaban echados y el contestar la llamada no habría cambiado nada, el destino no espera a nadie ni cambia su curso. Él le había dado todo lo que ella necesitaba, en un abrazo su comprensión, con una mirada su apoyo, con sus palabras confianza, ella vivía para acariciar su espalda, se alimentaba de sus palabras y se hacía fuerte cuando él la miraba.
Lo había conocido en el momento justo, cuando perdía toda esperanza y dejaba de creer en el amor, fue en una cena con sus amigas en el restaurante que exponía sus diseños. Lo vio de lejos, rondando los maniquis con los vestidos que ella había hecho para la fiesta de inauguración de su nueva marca de moda. El restaurante donde se encontraban había sido anfitrión del evento hacía menos de una semana, por lo que las prendas seguían ahí esperando ser removidas, con suerte sería antes de que alguna recibiera una mancha de comida, después de todo se trataba de un restaurante y todo ahí esta expuesto a salpicarse, de salsa, por ejemplo.
Intercambio comentarios con sus amigas, lo evaluaron las tres juntas, pensó en una frase para acercarsele, dio un trago a su margarita y fue hacía él, con algo de miedo, después de todo siempre cabe la posibilidad de que un hombre que ve vestidos tan atentamente resulte ser gay. Pero no lo era, tampoco veía los vestidos, eran las pequeñas placas explicando el diseño lo que analizaba a detalle, ya que el era diseñador gráfico se percataba de detalles como la estilografía, el logotipo de la marca, el peculiar material e incluso los contrastes en la placa con la explicación. La invito a beber un trago, ella lo invito a su mesa, cenaron, bebieron, cambiaron números.
Se toparon como por accidente en varios eventos, descubrieron que llevaban varios años moviéndose en los mismos círculos, que conocían a las mismas personas pero nunca se habían conocido entre sí, no era el momento justo, hasta entonces no lo había sido. En uno de esos eventos se encontraron al salir, ambos estaban hambrientos, los canapés no llenan el estomago y los cockteles solo dan más hambre, él le propuso llevarla a cenar a un lugar cercano con buena comida, ella accedió sin dudarlo, hasta que vio que la llevaría en moto. Dudo escrupulosamente, pero al ver su sonrisa no había cosa alguna que pudiera negarle. Tras esa ocasión se volvieron inseparables, si veías a uno, el otro debía estar cerca, cuando no estaba de su mano. Así pasaron meses, de felicidad, de calma, ambos hablaban de su futuro, compartían sus sueños, ella quería que sus diseños llegaran a las masas, él que su trabajo fuera reconocido, querían mudarse a la capital, hablaban de vivir juntos.
Él por aquel entonces concursaba para hacer la campaña de una multinacional, había llegado a finalista, hinchado de felicidad, la siguiente etapa sería en Bruselas. Hablaron de viajar juntos, pero ella también tenía compromisos en esas fechas, así que viajo solo, no sería demasiado tiempo, estar separados por un mes no era tanto.
Las días pasaron, y aunque había días largos en que se extrañaban hasta los defectos, el tiempo, que transcurre inalterable, pronto hizo llegar el día de la premiación. Perdió el concurso sin perder la compostura, era lo suficiente realista como para reconocer que se enfrentaba a competidores talentosos con más experiencia. Tras el evento quedo con sus compañeros para ir por unas cañas, dijo que los alcanzaría en el bar, condujo hacía ahí pensando en el concurso, en toda aquella experiencia. Ofuscado en sus pensamientos como estaba paso de largo un letrero de alto y una camioneta lo embisto.
Los paramédicos llegaron pronto, lo subieron a la ambulancia, mientras algunos hacían lo posible por socorrerlo, un joven paramédico asignado a la tarea de avisar a sus familiares tomó su celular y marco al último número registrado. Marco una y otra vez, al otro lado del mundo, ella compraba telas mientras el celular vibraba apacible en su bolso.
Él murió antes de que ella pudiera atender la llamada.

Romina Colli.